El ciego y el horripilante monstruo

El
ciego y el horripilante monstruo
Había una vez, en un remoto lugar del mundo y en una época que no es la nuestra, un ciego llamado Jonás, quien todos los atardeceres acostumbraba a tomar los benéficos rayos del sol.
Sus padres mientras vivieron, le ayudaron en todo lo que
pudieron, mas al morirse le dejaron al cuidado de un sobrino lejano.
Aunque el joven no era mala persona y quería a su tío, le atendía
lo justo para no perder la caudalosa fortuna que le había sido asignada
con la exclusiva finalidad de cuidarle.
Así pues, en la mayoría de las ocasiones, Severo, el sobrino,
dejaba a su tío sentado en una silla, cerca de una blanca y encalada
pared.
La casona de Jonás era muy bella. En el interior de la misma había
cuatro amplias habitaciones que que formaban los lados de un patio cuadrangular,
cuyo suelo estaba revestido de cantos rodados.
En el centro había un lindo pozo, del que se extraía el agua más
pura y cristalina de toda la comarca.
Y tal vez fueron la claridad y pureza del agua las que hicieron que Jonás
atrajese un extraño ser mitad monstruo y mitad animal.
No sabría decirse qué forma tenía, si se parecía a un reptil, o era más bien semejante a una ave desplumada, pero sí que era realmente cierto que era tremendamente horrible a la vista.
Jonás, aislado del mundo, perdido en lúgubres pensamientos, sentía
en numerosas ocasiones el peso de su soledad, llegando a lamentarse de su mala
suerte.
Pero... comenzó a suceder que cuando el el astro rey desaparecía en el horizonte y el lucero del atardecer emergía , el munstro, mitad reptil y mitad ave, adquirió la costumbre de acercarse al ciego.
Jonás dirigía su atención, inquieta, hacia varios sitios
notando una extraña calidez.
Todo lo que tenía de horripilante aquel especimen de la naturaleza, lo
tenía de amoroso, y con su mano escamosa y tintada de verde, acariciaba
las lágrimas que Jonás no podía evitar derramar recordando
la muerte de sus padres y la fortuna.
El ciego sentía unas caricias tan dulces que cada día anhelaba
el reencuentro con la desconocida y suave mano suave que consolaba durante unos
segundos su dolorido corazón.
Los días fueron pasando, y los pequeños momentos de felicidad
continuaron, hasta que algo terrible acaeció.
Dos mozos, brutos y sin civilizar, de un cercano pueblo, que acertaron a pasar
cerca de la casa de Jonás, observaron aterrorizados la escena, y dejándose
llevar por su primitivo instinto animal, primero alejaron de Jonás, y
después acorralaron a la horripilante ave-serpiente, le propinaron terribles
golpes hasta dejar al monstruo tan herido que apenas le quedaba un hilo de vida.
Carcajeando y ufanos por su hazaña se alejaron.
Jonás se levantó de la silla, con tan mala fortuna que resbaló
y se pegó un fuerte golpe en una esquina de granito de la casa .
Sin apenas quedarle energía vital se arrastró hasta el maltratado
ser que lanzaba susurrantes quejidos y lamentos..
Justamente, cuando llegó a tomar la mano del ave-reptil, en aquel mismo
instante murieron ambos.
Por primera vez en su vida Jonás veía. Apenas encontraba diferenciaba con un sueño, pero a él le daba igual.
Un bello espíritu transparente que parecía llevar un vestido blanco,
le extendía la mano y le indicaba un castillo en la lejanía.
Jonás tomó la suave mano de aquella esplendorosa figura y juntos
se atravesaron las puertas luminosas que llevaban al otro lado de los altos
muros.
Cuando Severo, el sobrino, llegó al lugar donde yacían los cuerpos inertes, no pudo menos que suponer que aquel malvado ser había matado a su tio Jonás.
Nunca podría imaginar la belleza que se escondía en el interior del horripilante monstruo.

Autor: Quintín García Muñoz.