ETÉREA

 

 

 

 

CAPÍTULO 6

 

Kay estaba cansada. Aunque todo iba según lo previsto, ya hacía un año y tres meses que no había pisado la Tierra.


No tenía familia cercana, ni siquiera amigos. Sus hermanos eran, sencillamente, sus compañeros de viaje, y se sentía muy a gusto con ellos. Cada uno tenía sus virtudes y sus defectos, pero los cuatro sabían perfectamente que no se podían permitir la más mínima fisura en su relación profesional.


Y sin embargo, como ocurre a todo ser humano, aquel día se encontraba un poco triste.


Se encerró en su compartimento, observó la oscuridad infinita salpicada de millones de estrellas, y pensó: al fin y al cabo lo que más me puede ocurrir es morirme y ser un minúsculo puntito que viaja hacia las estrellas... y en realidad, ya lo estoy haciendo.


Aquel sentimiento de ser una diminuta motita de autoconsciencia inmortal le pareció algo grandioso.

Cuando, de aquí a cincuenta años, dejase este plano, viajaría hacia mundos desconocidos, con seres maravillosos que le enseñarían los secretos del universo.


-¡Kay! ¡Kay!-¡Siempre tan romántica!-se dijo


La comandante sonrió.


Se acercó al multi-modulador musical y pulsó el botón de encendido. No eligió ninguna música en especial, y los veintiún altavoces distribuidos de tal forma que cubrían totalmente el ovoide central de su compartimento, emitieron la melodía en tres tonalidades distintas fragmentadas en veintiuna partes.


La extraña música, dividida, se fusionaba justamente en el centro.


Aquellos impactos armónicos estaban diseñados para que no solamente se escuchasen con el oído, sino que todo el cuerpo recibiese tan reconfortante baño de ondas.


-No sé por qué no lo hago más a menudo.


Los doce invisibles percibieron la belleza de aquella música táctil y se acercaron para disfrutar de la misma. Once de ellos se marcharon a los pocos minutos, comprendiendo que era un momento muy especial para Kay.


Pero aquel etérico al que llamaban, en su propio idioma, Deep Blue Eyes permaneció observando a Kay.


Aun sabiendo que tal vez podía invadiendo la intimidad de la comandante, no pudo resistir contemplar la belleza de la música que penetraba por cada uno de los poros de Kay.


Su corazón vibró y de él salió su espontánea bendición .


La energía que llenaba cada punto del lugar donde, si fuese humano, debería tener el corazón, se desplazó inexplicablemente hasta el corazón de Kay.


La comandante se sintió enamorada de la música y comenzó a danzar girando como lo hace un planeta alrededor de su estrella.


Deep Blue Eyes danzó con ella, si por danzar se puede considerar el movimiento ininterrumpido de múltiples rayos de luz que atravesaban el cuerpo de Kay.

El invisible y la humana vibraron con el amor que llenó sus corazones. Nunca volverían a ser los mismos.


La flecha luminosa del amoroso Cupido les había unido. Sus corazones permanecerían entrelazados durante muchos años por un cordón dorado de luz que nada ni nadie podría cortar. Ni siquiera ellos mismos, cuando en varias ocasiones intentaron cercenarlo. La luz dorada del amor les conduciría inexorablemente hacia su futuro.


La música cesó. La danza mística terminó. Y en silencio brillaron sus ojos.


El observador silencioso dejó el Voyager XIV y partió a Khul. Deseaba pedir consejo a sus supervisores.


Kay se fue al puente de mando. Allí estaba Duncan. La miró, no dijo nada, pero percibió el resplandor del rostro de la comandante.


-¿Sabe, Kay?

-¿Sí?

 


-Cuando llegue a la Tierra, alquilaré un mes una casita junto al mar.


-¡Qué bello!


-Cada día caminaré por la playa contemplando el Sol, y al atardecer me zambulliré bajo las olas teñidas de blanco y dorado.


Kay miró a Duncan. Se acercó hasta él, posó su mano en el hombro del guerrero, y ambos miraron hacia el Sol.


Durante varios minutos no hablaron. No dijeron nada. Sólo dejaron caer las lágrimas.


Lágrimas de quienes están lejos de su casa, de su hogar.

 

 

Autor: Quintín García Muñoz.

 

 

 

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