| Cómo
conocí a Aleister Crowley
Juan Ramón González Ortiz

I
Fue el mayor error de mi juventud. Sin lugar a dudas. Siempre he sido
muy imaginativo y soñé un camino de gloria y éxitos
imparables donde solo había rutina, enfado, odio y sobre todo intemperancia.
Todavía, muchos años después, se yergue en mi biblioteca,
el libro que todo lo puso en marcha. Que me sacó de mi casa y me
lanzó al Orco fiero. Naturalmente os hablo de la novela de Percival
Wren, “Beau Geste”. Por si alguien lo desconoce, esta novela
narra las aventuras de tres hermanos, los Geste, en la Legión Extranjera
Francesa.
El
episodio aquel del funeral vikingo, o cuando contemplaba con los ojos
de mi fantasía aquella fila de legionarios muertos, erguidos contra
el mortal parapeto igual que si fueran majestuosas columnas del heroísmo,
puestos en pie gracias a sus bayonetas clavadas en el suelo, con la pipa
aún en la boca, imperturbables como si fueran soldados de un invencible
ejército que surgía al amanecer, me sobrecogía y
me llenaba la cabeza y el corazón, sobre todo el corazón,
de miles de románticas aventuras en las que se mezclaban amoríos,
lealtad, compañerismo, gloria (si es que puede haber gloria en
matar a alguien), y aventuras, miles de aventuras, tal y como les sucedía
a los hermanos Geste.
Es decir, yo pretendía vivir la ficción que soñó
una vez un novelista como si esta fuera totalmente objetiva.
Como
hizo Don Quijote de La Mancha, que también confundía ficción
y realidad, una mañana clara y fresca, antes del amanecer, abandoné
mi casa, la casa que me vio nacer. Confié mi despedida a una carta
que dejé desplegada en la mesa de la cocina.
Y, como siempre ocurre, la realidad no tiene nada que ver con lo soñado
o con lo imaginado en los meandros del laberinto del cerebro.
En la Legión Extranjera la única verdad era la violencia
y la brutalidad. No había más. Brutalidad. Solo nos exigían
obedecer y comportarnos bajo el fuego como animales furiosos y dementes.

Brutalidad. Matar, degollar, hendir, abrir en canal… Ni siquiera
éramos soldados inteligentes, ni sabíamos maniobrar en el
campo de batalla. Eso no interesaba. Violencia ciega e irracional. Todo
era grosería, bestialidad amenazas, insultos y desquiciamiento
en su máximo grado.
En los interminables y fatigantes entrenamientos, aun haciendo bien las
cosas, un oficial podía patearte hasta matarte de una fractura
cervical. Al soldado Mijailov le ordenaron comer su vómito, pues
había devuelto todo el desayuno. Como éramos más
duros que el acero, el soldado sacó del petate la cuchara de hojalata
y parsimoniosamente empezó a devorar el manjar, sin ninguna mueca
de disgusto, sin ningún gesto en su cara. Con total indiferencia.
Al ver aquello, tan horrible, otro soldado vomitó. Entonces le
dijeron a Mijailov que, por su culpa y lentitud, ese soldado había
regurgitado el desayuno, por tanto, cuando acabara con su vómito,
continuaría con el de aquel desdichado. Mijailov se negó,
y el sargento le golpeó con la fusta. Una y otra vez. Una y otra
vez. Nada. No cedía. Se seguía negando. Llamaron a un joven
teniente, que era un inmundo chancroso. El muy desgraciado se estaba curando
los bubones y salió con el bote de permanganato en la mano, gritando
órdenes.
Allí mismo dispuso el pelotón de fusilamiento. “¡Cinco
hombres al frente, ya!”.
Dos minutos más tarde, el soldado Mijailov estaba muerto.
Tapamos su cuerpo con piedras. Ni siquiera mereció reposar en brazos
de nuestra madre tierra Yo le hice, con unas tablas, una cruz ortodoxa.
Exactamente dos días más tarde deserté de la Legión
Extranjera.
II
No era tan idiota como para poner tierra de por medio usando el tren,
o el automóvil o subiéndome a camiones. No. La policía
militar, y sus muchos chivatos a sueldo, tendrían caminos, carreteras,
andenes y estaciones de gasolina bajo vigilancia.
En mi huida, crucé toda Argelia buscando el mar, pues mi idea era
coger un barco en algún puerto de la costa y retornar a Europa.
Viajaba de noche con unos caravaneros que venían desde la frontera
de Malí cargados de dátiles y, cuando era de día,
y ardía el sol, desparecíamos de la vista de todos, fuera
de calles y caminos.

Llegué a la última etapa de mi atormentado viaje: Tlemcen.
Al otro lado, Europa.
Siempre pensé que la mejor forma de huir de un enemigo que te persigue
es encontrar un lugar propicio para el ocultamiento e inmovilizarse ahí.
Me encerré en la kashba, donde me encontraba muy seguro. En una
fonda para viajeros, alquilé un raído colchón, una
manta igual de raída y un rincón sombrío.
No sé en qué momento, alguien vio mi tatuaje con el escudo
de la Legión, la granada flamígera, y el lema de “Legio
patria nostra”.
Había una pequeña recompensa por cooperar en la entrega
o en la identificación de un desertor… Así pues, me
denunciaron en el Destacamento de la Legión. Desde el cuartel vino
un capitán al mando de una sección. Una vez que llegaron,
los soldados cercaron la posada, mientras el capitán entraba quedamente
en la vacía habitación pues todos habían huido. Cuando
me localizó, se acercó a mí, y, suavemente, me introdujo
en la boca el cañón de su revolver.
Desperté súbitamente. Al borde de la asfixia, y con una
arcada que fue tan violenta como un latigazo. El capitán que mandaba
la sección se sentó horcajadas sobre mi estómago.
-“Ahora mismo Su Excelencia, me va a mostrar su cédula de
identificación, ya sea pasaporte o cualquier otro papel oficial.
También quiero que Su Excelencia me explique que es este tatuaje
¿No será por casualidad, Su Excelencia, un vulgar y oprobioso
desertor de nuestra gloriosa Legión Extranjera?”
Me llevaron cubierto de grilletes y de escupitajos. Hasta los que no sabían
quién era yo o qué había hecho, me escupían
al pasar por las calles.
Me embarcaron en un buque junto con otros desertores, y pillastres, pícaros,
tunantes, locos, ladronzuelos, estafadores, supuestos curanderos y demás
ralea. Engrilletados hasta la coronilla viajaban además unos cuantos
criminales, asesinos muy peligrosos, brujos y magos negros africanos,
…
El tribunal estaba en Toulon, la ciudad francesa a la que arribamos, y
donde fuimos juzgados todos.
Un juez encolerizado gritó mi condena: “Guillotina seca”,
me dijo. Eso quiere decir cárcel en la Isla del Diablo. Once años
de trabajos forzados.
El juez me chillaba en la cara:
-“Maldita escoria, de haber estado en guerra contra un país
civilizado, te habríamos pasado por las armas”.
III
Nos amontonaron en un infecto muelle antes de subir a bordo del buque
que nos iba a llevar hasta La Isla del Diablo.
Ya nos habían hecho saber que nos encerrarían a todos en
las bodegas y sentinas de un bergantín, en cuya proa, junto al
puerto de registro, figuraba su nombre: “Cyclope”, que en
francés equivale a “Cíclope”, un nombre muy
apropiado habida cuenta de la monstruosa e indomable caga que transportaba.

Otro preso, sudoroso, desceñido y engrasado, cuyos brillaban con
una extraña luz, se acercó a mí y me dijo, “Ya
que este barco transporta cíclopes, ojalá no acabemos como
Polifemo”.
A lo que yo le respondí, sin interés,
? “Para eso, nos haría falta, primero, el mar siciliano y,
después, enamorarnos de una gentil y grácil Galatea, pero
al sitio al que nos llevan no creo que haya muchas nereidas ni dulces
ninfas”.
Apenas, hube hablado, el preso desconocido hizo un gesto de cortesía
galante como si descubriese su cabeza y a la vez doblase su rodilla derecha
ante mí,
-“Oh, el señor es una persona culta, y sin duda ha leído
el extenso poema de Ovidio. Le propongo que seamos amigos. Así
podremos escapar juntos del penal al que vamos. Llámeme Aleister”.
-“¿El señor es escocés? ¿Tal vez haya
querido decir Alister?”
-“No. No. ”Aleister” me gusta más: es más
inusual y tiene una carga mágica que me encanta. Además,
su sonoridad es infinitamente más bella que Alister y ya no digamos
que Alexander”.
-“Pues no se hable más, señor Aleister. Yo me llamo
Régis”.

Hubo un pequeño silencio, mientras mirábamos a los otros
presos subir con esfuerzo al barco y pasar el registro pertinente. Resonaban
en el aire gritos, insultos, advertencias y voces de mando. Los carceleros
llevaban consigo interminables listas y corrían, muy acelerados,
de aquí para allá.
? “¿Por cierto, señor Aleister, que decía Vd.
de escapar del penal?”
? “Oh, no te preocupes, Régis, era una broma. Para que escapemos,
necesito un eclipse de Luna”.
? “Ah, ¿un eclipse…? Eso es poca cosa”.
No hablamos más. Guardamos silencio pues en breve nos tocaría
ya subir a aquella cárcel flotante.
IV
-“Régis, ¿qué hiciste, por qué te trajeron?”
-“Soy un desertor de la Legión Extranjera. Me echaron once
años de trabajos forzados, a los seis años de condena, si
me porto bien y no doy problemas, podrían darme la libertad pero
para permanecer aquí, en la isla”.
-“¿Y vd. señor Aleister, qué hizo?”
-“Digamos que me acusaron de ser un “falso monedero”.
Pero no es así. Yo vendo libertad total, libertad absoluta, la
destrucción de todo lo que es viejo y manido, vendo valores nuevos
y también dioses nuevos. Yo regalo Vida nueva y un nuevo Eón.
El Eón de Horus”.
- “Sr. Aleister no he entiendo nada de todo eso tan sonoro que vd.
ha declamado. Solo he comprendido que vd. fue acusado de “falso
monedero”, o sea, falsificador de moneda , y no sé qué
de Horus, el cual si la memoria no me traiciona era el dios egipcio con
cabeza de halcón, y representaba unos valores semejantes a los
de Apolo”.
Aquella noche, estaba yo paseando por la cubierta superior del buque,
pues nos dejaban salir, por turnos, de nuestros sombríos cubículos,
a tomar el fresco, una hora a mediodía y otra hora a la caída
de la tarde, cuando se me acercaron tres ancianos, africanos negros, vestidos
muy estrafalariamente, con el indudable aspecto de haber sido jefecillos
locales o sumos sacerdotes o reyezuelos locales o algo así. Como
guardia de corps llevaban consigo a un joven musculado y esbelto, un auténtico
Hércules, que vigilaba ansioso mirando a todas partes, con cara
de gran preocupación. Hablando en un mal francés, el que
parecía ser el superior en dignidad, me dijo:
-“Señor,
nosotros darnos cuenta de que tú muy amigo de Góorgóorlu
(‘gran brujo’). Mucho peligro para ti. Mucho peligro. Tú
loco. Góorgóorlu vino a pueblo nuestro buscando guía
para ir a País Dogon. Allí poderoso hechicero, venido del
cielo de más allá de estrellas. Nosotros ver la magia de
Góorgóorlu. Magia terrible. Seres ciegos y duros como roca.
Seres grandes como montañas. Tu loco”.
De repente, oí una voz conocida y burlona que se acercaba hacia
nosotros: era Aleister,
? “Régis, ¿no estarás hablando con esos lechuzos
hinchados por la superstición y la falsas creencias?”.
Apenas dijo Aleister estas palabras tan despreciativas, el joven gladiador
que iba con los tres notables, se lanzó como un guepardo contra
mi compañero de viaje. Pero este ni se inmutó, ni siquiera
intentó apartarse de su ataque sino que lanzando un sonoro grito,
que contenía una sílaba indescriptible, lanzó por
tierra a nuestro Pólux, que cayó desvanecido al suelo. Acto
seguido, Aleister, avanzando muy decidido hasta el enemigo vencido, entonó
un sonido agudísimo, irrepetible, al menos para mí, y lo
mantuvo vibrando en el aire.

El resultado fue que las dos rodillas del luchador se hincharon de forma
horrible, desfigurándose. Parecían a punto de rajarse y
de reventar… Y sin duda lo hubieran hecho si, conmovido por los
espeluznantes aullidos de dolor del joven derribado, yo no hubiese intervenido.
- ¡Señor Aleister!, ¡no sea vd. un criminal como los
que nos acompañan enjaulados! ¡Ya está bien! ¡Por
favor, cese en su castigo hacia este joven!”
V
La Isla del Diablo es una minúscula islita de un grupo de tres,
llamadas irónicamente, Islas de la Salvación, frente a la
costa de la Guayana Francesa, concretamente está a 7 millas náuticas
frente a la ciudad de Kourou.
Si el Infierno quisiese volverse presidio se convertiría en la
Isla del Diablo. Allí, encontraba acomodo el engaño, la
traición, la desesperanza, la tortura, y el crimen, el crimen,
el crimen…
La isla poseía en sus dos terceras partes una terrible, palúdica
y húmeda selva, repleta de miles de especies de malditos gusarapos,
todos ellos urticantes, dolorosos o venenosos. A la entrada de esa inclemente
selva, dentro del tercio restante de isla, estaban “las plantaciones”,
que no eran sino cultivos, pero la dureza del trabajo que se nos exigía
allí, sumado al agotamiento, al hambre, a la sed, a los mosquitos,
al constante calor, hacían que nosotros llamáramos a este
lugar “el camposanto".

Nos gobernaba la presencia de la guillotina, la “Luison”,
colocada en un alto tablado. La gigantesca y negra guillotina, intencionadamente
sucia de sangre, nos vigilaba, con su pesada cuchilla, siempre hambrienta.
Nos intimidaba aún más por la noche. Su sombra silenciosa,
los negruzcos coágulos adheridos a la mortal hoja, … Dios
mío, era espeluznante.
Era el símbolo repulsivo y sangriento de todo lo que para nosotros
significaba la Isla del Diablo.
Todas las semanas había, por lo menos, una ejecución.
Imaginaos mi estado de ánimo.
Y pensar que mi único error fue leer “Beau Geste”….
Para comer, nos preparaban un balde de una repugnante y sucia sopa con
las peladuras de las patatas, y las entrañas deshilachadas de algún
inmundo animal.
La degradación de los penados era inimaginable: en secreto, destilaban
un repugnante licor fabricado con las vísceras fermentadas y malolientes
de enormes lagartos.
Las riñas, la violencia entre nosotros, incluso los criminales
ajustes de cuentas estaban a la orden del día. Lo mismo que las
enfermedades, la más leve de las cuales era el paludismo. Una vez
vi asomar la larva de un gusano parásito del interior del ojo de
un forzado.
He visto la piel de muchos penados y de los indios que nos traían
las vituallas, y objetos para comerciar, cubierta por tumores semejantes
a excrecencias vegetantes muy parecidas a las fresas; he visto linfomas
vertiendo sangre negra; he visto horrores indecibles…
Así pues, tomé la decisión de dejarme morir de hambre,
tal y como recomienda Séneca.
Al día siguiente de mi decisión, Aleister entró como
una centella en la sala común en la que dormíamos, descansábamos
y más que vivir, agonizábamos. Sacudiéndome vivamente
por los hombros, me levantó de mi camastro, mientras me gritaba,
-“¿Qué es eso de que has renunciado a vivir, cabeza
de chorlito? Morir no merece la pena, cuándo lo vas a aprender.
Vivir es casi siempre mejor. Te dije que necesitaba un eclipse de Luna
y según mis cálculos la próxima semana tendemos uno.
Entonces será nuestro momento. El destino te trajo a mí
y tú huirás de aquí conmigo. Ahora ponte en pie y
ven conmigo donde nadie nos vea”.
Con cierta dificultad empecé a andar tras Aleister. No sabía
cómo se había enterado de mis planes para acabar con mi
vida de recluso en el Infierno. Acaso hablé de ello en sueños.
Llegamos a una zona de matorrales, más allá de los cuales
los vigilantes podían dispararnos. Aleister abrió un poco
su camisa como para enseñarme algo. Cuando me asomé a ver
qué me mostraba, puso en mis manos un pequeño paquete envuelto
en un colorido trapo dorado. Lo abrí.
¡Dios del cielo!, era un delicioso trozo de queso y un panecillo
recién hecho, aún caliente. Pegué un buen bocado
al queso, y… uhmmmmm. Me acordé de ese trocito de queso ático
del que Epicuro le habla a Meneceo ¡Qué placer, qué
aroma! Yo diría que era queso Stilton ….
-“Pero, señor Aleister, ¿de dónde viene esto?”
-“Calla y come. Ellos me lo traen.”.
-“¿Ellos?”
-“Sí, “ellos”. A su debida hora lo sabrás
todo”.
V
-“Señor Aleister, ¿vd. es un brujo?”
? “Régis no seas idiota, por favor. Juzga tú mismo
por lo que han visto tus ojos. Pero como aquí os atrofiáis
todos, te diré que sí. Que sí soy un mago, no un
brujo. Eso déjaselo a tus amigos los africanos. Conozco los sonidos,
y los diversos tipos de Prakritis, o Materia. Conozco las energías
y sus regentes. Yo remplazo las falsas formalidades por las verdaderas.
Conozco cosas de las que tu ramplona filosofía no puede ni sospechar.
Pongo a la gente en contacto real con los cuatro elementos básicos
y con su tremenda capacidad de transformación. Cuando una persona
se enfrenta a prueba irresistible, como esta, y la supera, esa persona
ya está transformada, ha logrado una iniciación, solo que
no lo sabe”.
…….
-“Régis, aprende que la mente es como el embudo a través
del cual se vierte en nosotros la energía de la vida. Cuanto más
concentrado estés tanto más agrandarás ese embudo.
Yo puedo enseñarte el arte de la concentración mágica.
Cuando esto acabe, haremos un retiro mágico en la Isla Esopo, en
el río Hudson. Allí descubrí una canoa india enterrada.
Era la canoa mística para el viaje más allá de los
límites del Universo. En los costados de la embarcación,
con firme mano, un chamán de la tribu Pequot, había escrito
como única guía para tal singladura la ley mágica
fundamental: “Cada hombre y cada mujer es una estrella”.
? “Oh, señor Aleister, yo solo quiero huir de aquí.
Todo eso de lo que me habla me es incomprensible. Lo único que
conozco de magia se refiere a la maga Ericto, cuando anima a un cadáver,
en la Farsalia. Tal vez lo que me comenta no sea para mí. Yo aún
creo en Cristo”.
VI
Un buen día, Aleister, me sorprendió con su excelente buen
humor. “Ah”, decía, “qué ganas tengo de
ir a ver alguna opereta de Offenbach. Volveré a tomar pastel de
manzana. Y también “novem continuas fututiones”.
? “¿Qué pasa, señor Aleister, le encuentro
muy feliz, cómo así?”
-“Dos días, faltan dos días”.
VII
-“Régis, tú también tienes que repetir todas
mis invocaciones”.
-“¿Adónde vamos, señor Aleister?”
-“Vamos a la zona de los matorrales. Nadie reparará en nosotros.
Los guardias están muy acostumbrados a vernos ahí, se fían
de nosotros. Vamos allá”.

El cielo se oscureció de súbito y un pavor enorme acuchilló
los corazones de todos. El viento abrasador traía ecos de un escalofriante
y lejano ulular. Los animales huían hacia lo profundo de la selva.
Los guardianes y carceleros se recogieron todos en el edificio del cuerpo
de guardia, como si fueran ovejas amedrentadas, protegiéndose unas
a otras.
Llegamos al límite de la zona permitida.
El ardiente huracán que se gestaba vaticinaba, como una funesta
profecía, que algo terrible iba a pasar.
-“Empecemos”.
-“Nadie te contempla, alta entidad del cielo. Pero tu voz suena
baja y tierna como el más justo, porque te dobla desde la vista,
ese esplendor líquido. Ya todos lo sienten, no te he visto nunca,
¡Sin tu esfuerzo y poder me siento perdido para siempre!”…
Y continuó en una extrañísima lengua (la lengua enoquiana,
supe más tarde), que yo casi no acertaba a repetir.
De pronto, un resplandor sangriento iluminó el horizonte, y el
estruendo de los truenos nos ensordeció.
Una ráfaga de viento achicharrador incendió toda la atmósfera.
Se desató un vendaval acompañado de fantasmales explosiones,
el aire era tan candente como el vapor que surge de un trozo de hierro
al rojo vivo. El sofocante viento levantaba por los aires miles de hojas
secas que yacían en el selvático suelo.
Ante la grandeza de esa conmoción cósmica, Aleister estaba
excitadísimo y exultante:
-“Ah, qué delicia. Es Buer el que viene”.
Súbitamente, empecé a encontrarme muy mal. Tenía
una enorme presión dentro y fuera del cráneo. Me sentía
muy dolorido y mareado. En pocas palabras, se lo expliqué a Aleister.
Sonriendo, me dijo:
-“Sí, sí. Es Buer, que viene”:
El aire caliente era ya tan abrasador que costaba respirar. Percibí
que ”algo” se precipitaba hacia nosotros a una velocidad de
vértigo. Algo así como una descomunal bala de cañón,
que se acercaba aullando.
Al pasar sobre mí, y junto a mí, incapaz de aguantar tanta
tensión me desvanecí.
No recuerdo nada más. De pronto, con el malestar de una mala borrachera
de vinazo meridional, me desperté. Íbamos en una barca.
Un hombre tosco, con muy mal aspecto, remaba con fuerza. Tal vez era un
expresidiario.
Reuniendo todas mis fuerzas, pregunté:
-“¿Quién es ese?”
-“¡Oh, estás vivo! No te preocupes le hemos pagado
a Monsieur Chanteclair por usar sus servicios y su barca. Nos lleva a
un punto donde nos esperan unos contrabandistas brasileños que
nos llevarán a su patria y nos sacarán efectivamente de
aquí…”
Y, continuación, bajando la voz y acercándose a mi oído,
me dijo muy contento:
-“Buer te ha golpeado. Ahora le perteneces”.
VII
Estoy en Londres. Atrás quedó Guayana y su horror. Los contrabandistas
brasileños y Monsieur Chanteclair nos salvaron. Ignoro de dónde
sacó Aleister el dinero para pagar esas voluntades. Tal vez lo
consiguiese con su arte mágico.
Ahora estoy sentado en una elegante casa de té, cerca de Trafalgar
Square. Estoy esperando una entrevista con alguien que deslizó
su tarjeta de visita por debajo de la puerta de mi casa. Tal vez sea un
periodista. La susodicha tarjeta decía: “Apreciado señor,
estoy al tanto de su situación y de su odisea por huir de la Isla
del Diablo. Estese tranquilo. No es mi intención delatarle. Espéreme
mañana a las 6,30 de la tarde en el Café Chantilly, junto
a Trafalgar Square”.

Ha entrado un varonil y apolíneo caballero. Me ve y, sin dudarlo,
se dirige a mi mesa.
¿Cómo sabe quién soy si el salón de té
está atestado de clientes?
Me tiende su mano abierta, que yo acepto, tendiéndole la mía.
-“Señor
Régis, vd y yo nos conocemos. Tengo propuestas interesantísimas
para vd.
- “Oh, soy todo oídos. Por favor, siéntese y cuénteme.”
Mientras le indicaba que tomase asiento, le pregunté,
-“¿Cómo
quiere que le llame?”
- “Llámeme Buer, Mister Buer”
- “Hablemos”.
Juan Ramon González Ortiz
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