El señor Dimitrescu entra en coma


Juan Ramón González Ortiz

 

 

El señor Dimitrescu entró al ascensor y comprobó desilusionado que era un simple y elemental cubo metálico. Una vez que ingresó dentro, comprobó que solo había un único y simple mando que accionar. Era muy grande y vistoso, y sobresalía visiblemente de la pared. Sobre él estaba pintada una flecha roja apuntando hacia abajo.
Al ver la susodicha señal, apuntando en sentido contrario al firmamento, el señor Dimitrescu murmuró:


“Mira que si me he equivocado de ascensor, y resulta que este es el que baja hasta el infierno. Qué vergüenza cuando me vean llegar, … Pero no, no puede ser, el ángel me lo dijo con total claridad: ‘Súbete al ascensor que está en el centro de la gigantesca y solitaria estepa en la que te voy a dejar. No tiene pérdida”.


El ascensor empezó a descender a una velocidad de vértigo. El señor Dimitrescu, de repente, se dio cuenta de que colgado al cuello llevaba una especie de brillante y luminosa acreditación. El texto estaba escrito en unos desconocidos caracteres. La firma, al final, centelleaba refulgente y hasta parecía que vibraba, como si se expandiese en todo momento.
Lentamente, el ascensor empezó a decelerar. Nuestro hombre pensó para sí que ya iba a acabar su incertidumbre y que en un momento sabría dónde había arribado.


La puerta del ascensor se abrió lentamente, con solemnidad. Ante él había un pasillo infinito.
La iluminación era cegadora, dura, sin sombras, idéntica a la intensa luz del reflector de un quirófano.
Junto al ascensor, el señor Dimitrescu reparó en un pequeño pupitre. Miró con más atención y se dio cuenta de que era la típica mesa funcionarial, atestada de autorizaciones, listados, justificantes y demás delicias burocráticas.
“Maldición”, dijo Dimitrescu, “aquí también existen los chupatintas. Debo de estar en el infierno”
Evidentemente, esa mesa desocupada pertenecía a un vigilante, ¡cómo no!, o a un registrador, o a un funcionario que controlaba, o que extendía las visas, o que comprobaba documentación,…

 

 


II

Dimitrescu tuvo que entrecerrar los ojos, un resplandeciente halo de luz purísima, fulgurante y gloriosa, se acercaba desde el fondo. Cuando estuvo a unos diez metros, el señor Dimitrescu pudo distinguir a un ángel dentro de la aureola de luz. El ángel le habló. Nuestro amigo oía dentro de su corazón y en su propio idioma natal las palabras del ángel:
“Disculpe, señor, soy el ángel supervisor y tengo que comprobar su invitación”.
“¿Entonces esto es el cielo?”
“Naturalmente, señor ¿Qué quiere Vd., irse con esa gentuza gritona y maloliente del Infierno?”
“Oh, no, no se ofenda Vd, por favor”
“Veo en su acreditación la firma del ángel Jesazel. Puede usted estar contento de que haya sido Jesazel quien le ha invitado. Es uno de los ángeles más excelsos y es un verdadero servidor de la Divinidad. Tiene Vd. mucha suerte en contar con la amistad de Jesazel. Sin duda es Vd. un espíritu puro”.
“No sé. Tengo cierta idea de que algo ha pasado. Y recuerdo que hablaba con alguien, y que ese alguien me trajo volando hasta el ascensor”.


“Estimado señor”, respondió el ángel colocándose bien las alas para que se vieran mejor, “debe Vd. saber que el alma y el cuerpo tienen del todo vidas independientes. El alma va por un lado y el cuerpo por otro. La vida del cuerpo es insoportable, porque es grosería pura. Pero no la del alma. Su alma, debido a su pureza, de la cual Vd. no sabe nada, pues conocemos sus pasatiempos, y a sus místicos anhelos, ha sido traída hasta aquí por Jesazel, quien se ha hecho cargo de Vd.”


“En cuanto a lo de los pasatiempos, tengo que decir que …”
“Será mejor que calle ese tema. El cuerpo no nos interesa mucho, siempre y cuando, no se provoque Vd. una enfermedad.”


Hubo un extraño silencio. Dimitrescu se sentía un poco atormentado (no mucho) por lo de sus festivos pasatiempos. El ángel volvió a tomar la palabra:
“Esta invitación es para que visite exclusivamente la Sala de Alto Control. Le ruego que no intente entrar en ninguna sala para la cual no tenga el pertinente pase. Si lo hace de inmediato lo sabremos. Somos ángeles, no somos idiotas”.

 

 

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“Oh pierda cuidado, señor supervisor”.
“Tercera puerta a la derecha. Por este mismo pasillo. ¡Ah!, otra cosa: cuando despierte lo mezclará todo, mezclará los dos mundos, el suyo, y el angélico ¿Queda claro? ¿Algo que preguntar? ¿No? Pues siga por este mismo pasillo hasta la tercera puerta a la derecha. Camine bien concentrado y no canturree.”
Apenas hubo dicho estas palabras, el ángel, de súbito se desvaneció dejando tras de sí una indefinible estela de divina frescura…
Un poco molesto porque el ángel no se había despedido, el señor Dimitrescu. Su primer movimiento fue empezar a cantar, pero recordó la advertencia del ángel supervisor y de inmediato se le fueron las ganas.

 


Empezó a andar
Las puertas estaban todas muy alejadas entre sí. Le pareció que la una de la otra estaba separada por kilómetros y kilómetros de pasillo. De hecho, la tercera puerta, ni siquiera se veía porque el pasillo se perdía en la infinitud del horizonte.
“Bueno, empecemos. A por la primera puerta”, dijo el señor Dimitrescu.
Y, de golpe, sin mover ni un solo pie, se encontró al lado de ella. Dimitrescu, muy alborozado, se dio cuenta, de que en la Muy Santa Ciudad de los Ángeles bastaba con pensar en un destino, añadirle la fuerza de la voluntad, y ya estabas allí. Sin viaje ni traslación, sin tener que andar, sin gasto de energía ni de tiempo.
“Podía haberse inventado esto en la Tierra, con lo poco que me ha gustado siempre andar”, dijo el señor Dimitrescu, que no era precisamente una aérea y graciosa sílfide.


Se concentró en la desconocida tercera puerta y se dijo en su corazón: “Quiero ir”.


Y de repente ya estaba.
Abrió la puerta con parsimonia, para que los de adentro tuvieran tiempo de prepararse para la visita.
Y lo que vio le dejó para siempre admirado más allá de cualquier juicio humano.


La llamada “sala” era un espacio enorme, fuera de las dimensiones humanas. Era inabarcable y daba la impresión que ilimitada. Miles y miles de ángeles iban y venían por los vastísimos espacios que embarcaba la sala. A un lado vio a los ángeles que descifran los complicadísimos mensajes e instrucciones que a diario les llegaban Y uno de ellos, le dijo:


“Tenemos millones de tareas, desde salvar a un solitario barco pesquero hasta convertir a una ciudad entera en un hormiguero, prepararemos ahora mismo varios grupos y trabajaremos sobre lo que hay que hacer”, le dijo un ángel al pasar junto a él.


Dimitrescu le gritó mientras se alejaba, “¿Es esa una ciudad maldita?”: “Así es, querido amigo”, dijo el ángel, ya muy lejos, “Y usted ha estado en ella”…


El ajetreo y el trabajo eran intensísimos. Esto no tenía nada que ver con una oficina pública del moderno laberinto de la burocracia donde todo son caminos y vías que no llevan a ninguna parte.
El señor Dimitrescu estaba absorto ante tanta maravilla cuando de repente se escuchó una profunda campanada, de una vibración tan poderosa y tan enérgica, que tembló la enorme Sala de Control. Un ángel pasó junto a él, y me le dijo:


“Visitante, por favor esté atento, la Divinidad va a cargar ahora mismo un nuevo esquema de trabajo. Es inminente. Esté atento”.
Entonces, suspendidos en los ámbitos mágicos de aquella sala, se empezó a escuchar un zumbido penetrante e irresistible, y aparecieron, entremezclándose en caótica confusión, colores y líneas, figuras geométricas e incomprensibles dibujos. Toda esa vorágine al principio era una masa desorganizada de textura gelatinosa. Poco a poco se fue transformando en algo semejante a un tapiz de una consistencia cerosa. Lentamente se iba coagulando, y adquiriendo grosor, relieve, transparencia y dimensiones.

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Múltiples dimensiones más allá de nuestras tres pobres magnitudes. Todo se llenó con una gama infinita de colores inexistentes, indescriptibles. Y cuando, por fin se mostró en toda su grandeza, apareció un inmenso inefable esquema, un perfecto diagrama, más refulgente que la luz de un millón de relámpagos, de la evolución de una ronda, de un sistema o de una cadena evolutiva de alguna esquina del universo.

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Se dice que el sistema solar (7-10 esquemas) es un loto de doce pétalos


Hasta los ángeles se taparon la cara con las alas y se abismaron en una impresionante oración silenciosa. El tiempo, la idea de tiempo que tenía el señor Dimitrescu, se congeló, y todo, todo se paró. Un silencio absoluto inundó la creación, y, como respuesta, una indescriptible y profundísima Paz venida del mismísimo corazón de la Divinidad inundó el universo entero.


El señor Dimitrescu estaba en un trance tan estremecedor y tan emotivo que nunca sabremos si llegó a escuchar las palabras que un ángel le dijo:
“Señor visitante, ¿qué le parece lo que acaba de ver?”
Dimitrescu no contestó. Posiblemente no llegase ni oír esas palabras.

 

En esto llegó el supervisor,
“Ha concluido la visita. Demos una última vuelta. Ni yo hubiera pensado que iba Vd. a tener la oportunidad de ver la entrega de un nuevo esquema de evolución. Ha sido algo grandioso.”

 

 


III

“Ah”, dijo el señor Dimitrescu, “qué experiencia tan increíble. Yo también deseo ser ángel para gozar de estas delicias trascendentales”.
El ángel supervisor iba el primero, tras él dos o tres ángeles “hablando” entre ellos. Sabía que hablaban por las coloreadas formas que de repente se formaban y desvanecían junto a ellos, El señor Dimitrescu había aprendido que los ángeles oyen los colores y ven los sonidos.
En la Sala de Alto Control había una verdadera explosión de actividad y energía. Los ángeles iban y venían. A lo lejos se veía ya la puerta de salida.
Dimitrescu vio entonces un objeto bellísimo, se trataba de una multicolor esfera de limpísimo cristal con todas las irisaciones posibles. El cambiante fulgor tornasolado de su superficie era prodigioso. Nunca había visto nunca un objeto tan fantástico ni tan extraordinario.
La esfera flotaba en el aire sobre la puntiaguda cúspide de una pirámide, también de cristal.
El pícaro que llevaba dentro el señor Dimitrescu salió a relucir:
“Nadie echará en falta este pisapeles si me lo llevo como recuerdo”.
Y dicho y hecho, simplemente estiró su brazo derecho y tomó en su mano la límpida y rutilante esfera.

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Instantáneamente, los ángeles que le precedían se pararon en seco.
El supervisor se giró, en el aire, con un evidente gesto de desilusión.
“Señor, le dije antes que somos ángeles y no imbéciles. Lo sabemos todo ¿Cómo es posible que haya cedido a la codicia?”
“Por favor, no se chive a Jesazel”
“No, no hará falta porque Jesazel ya lo sabe. Instantáneamente lo ha sabido, igual que todos los ángeles de esta sala”.
El señor Dimitrescu levantó la vista y vio que miles y miles de ángeles, tal vez millones, le miraban con gesto de honda tristeza.
“Esta vez sí que he metido la pata”, se dijo mentalmente.
“Eso que Vd. ha intentado mangar (porque Vds. emplean esa palabra, ¿no?) es nada más y nada menos que la Gran Joya Atlante, y fue el fruto más selecto y precioso que produjo la sensibilidad de aquella gran civilización que tuvo tan horrible final. Ahí está concentrada toda la pureza y la emoción mística de la que es capaz un alma humana.


Todos los grandes poetas, los grandes pintores, los grandes músicos, Beethoven, Wagner, los grandes escritores, lo son porque fueron capaces de ascender y conectarse con la Gran Joya y recibieron de ella sublimes melodías, maravillosas historias, divinas armonías, poemas nunca oídos, paisajes tan bellos que al pintarlos temblaron los pinceles, … Si esa joya faltase de su lugar, sobre la Pirámide Atlante, la humanidad quedaría huérfana del arte, y su sensibilidad espiritual se oscurecería y moriría. Como consecuencia, la humanidad retornaría, en una involución terrible, a épocas monstruosas de una brutalidad y de un dolor inimaginables … Y todo por culpa de Vd. ¿Qué le parece?
“Eeeeh…, yoooo, … yo pensé que era un pisapapeles”.
“Mejor que calle y no diga nada ¿Se cree Vd. que es gracioso? ¿Vd. se imagina a un ángel manejando un pisapapeles?”
Entonces se escuchó una voz que retumbaba como un trueno en una limpia noche de verano:
“Treinta años en la novena esfera”.
“Hágase”, dijeron a coro los miles y miles de ángeles que poblaban la sala.

 

LA CUEVA DE LOS CUENTOS
Y todos los ángeles saludaron con reverencia esa poderosa y tonante voz.
“Es la voz de uno de los Grandes Jueces. Es el Juez correspondiente al Septentrión.”.
“Que conste que en esa condena se ve la mano de Jesazel pues es inusitadamente corta. Sin duda, él ha intercedido por VD. y ha asumido su falta. Él pagará por Vd. Aquí el destierro más corto dura cinco mil años terrestres”. Antes de que el pobre Dimitrescu se diera cuenta de qué estaba pasando, el vasto cielo de la Sala de Control se oscureció por un objeto volador que ocultó con su amplísimo cuerpo la luz sideral que iluminaba la Sala. Era el Ángel del Castigo, hermano de Azrael, el Ángel de la Muerte, y también hermano del Ángel Exterminador. El Ángel que habían enviado para llevar al destierro a Dimitrescu, era más grande que cualquier altísima montaña del Himalaya. Era enorme y tenía las dimensiones de un océano. Su aspecto era fiero y colosal. En su mano derecha enarbolaba una aterrorizadora espada cuya hoja era una abrasadora llama movediza. En la izquierda, portaba una lanza con su gallardete tremolando, en el que se leía su lema: “Solo soy sirviente de mi Señor”. EL gigantesco cuerpo del Ángel del Castigo se acercaba planeando en una espiral cada vez más corta. Era como esas colosales nubes de verano, del color del hierro y del acero, preñadas de furiosos y terroríficos relámpagos.

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El Ángel vestía armadura romana de un hermoso color dorado. Cuando ya casi rozaba el suelo, se colocó a la espalda la mortal lanza que portaba, de tal manera que el brazo izquierdo le quedaba libre.
El señor Dimitrescu estaba paralizado viendo lo que se le venía encima. Imaginaos una ola de cientos de metros de altura que viaja furiosa directamente hacia vosotros, o imaginaos más bien a un cóndor del tamaño de una ciudad que se dirige en vuelo rasante hacia vosotros.
El Ángel tomó muy delicadamente al señor Dimitrescu con su mano izquierda para acto seguido, elevarse recto como una flecha en el alto cielo.

IV

¿Cuánto tiempo duró ese vuelo?, ¿instantes, horas, días?
Finalmente, llegaron a su término. Era una tierra perfectamente lisa, sin sombras, ni árboles, ni montañas, ni roquedos, ni mares, ni ríos. Todo era perfectamente liso, triste y monótono. Desnudez. Tan solo brillaba la verdosa luz astral cayendo perpendicular sobre la inagotable llanura de tierra ocre.
El Ángel del Castigo abrió su mano, y Dumitrescu se precipitó en el vació como una piedra arrojada al mar que desciende y desciende sin límite posible.
Era como la chispa de una hoguera que inflama el aire helado de las noches lanzando una montaña de centellas y ardientes pavesas, que, apenas suben, empiezan a descender con ligereza. Así, como una pavesa, caía Dimitrescu, envuelto en círculos cada vez más y más vertiginosos.
Por fin, chocó contra el suelo liso y totalmente horizontal.
Al otro lado de la realidad, en el mundo de la materia y de la forma, en ese preciso momento, el señor Dimitrescu, que roncaba feliz en su cama, entró en coma.
Cuando dio la hora de empezar a levantarse para ir al trabajo, y su mujer vio que Dimitrescu no aparecía por la cocina en busca de su ansiado café y su cigarro, empezó a sospechar algo.
Efectivamente, no había manera de despertarlo, ni con agua fría, ni con cosquillas en la planta del pie.

 

 

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Llegó la ambulancia, y el señor Dimitrescu, acompañado por su llorosa mujer, entraron en el hospital. Los neurólogos se precipitaron sobre aquel cuerpo inerte buscando una señal que les dijese qué estaba pasando.
En realidad, las dos partes de Dimitrescu, cuerpo y alma, estaban de maravilla, cada una por su lado, naturalmente. La parte material estaba acostada en un beatífico sueño. El Ángel simplemente había desconectado las funciones superiores que unían el cuerpo al alma a través del puente formado por los sistemas nerviosos y el cerebro.
La parte espiritual, el alma, que nunca muere, se había liberado de la tiránica pesadilla del cuerpo: hambre, sed, insomnio, retortijones, diarrea, estreñimiento, dolor de rodillas, dolor de estómago, dolor de cabeza, dolor, dolor, …
A pesar de vivir en ese aburrido destierro, Dimitrescu se encontraba en paz. Aceptaba el castigo. Lo que había hecho era, vulgar y llanamente, una trapacería.
Se sentó en el suelo. Su alma ingrávida no chocó ni se desintegró cuando el Ángel le soltó sobre aquel desconsolado planeta. Así aprendió a no juzgarse nuca más como un cuerpo.
Cerró los ojos. Podía sentir el ir y venir de sus pensamientos como el agua que se agita. Decidió ir más adentro, a ver qué descubría allá, al final de su alma. Y si podía unirse a algo que estuviese dentro de sí y mereciese la pena.
Así fue como, fuera de este mundo, el señor Dumitrescu empezó el camino de la meditación. Recordaba todas las lecturas que sobre este tema hizo en vida. Además fue vecino de Mircea Elíade y ambos habían conversado muchísimo sobre el tema. Se dio cuenta de que por fin era inmensamente libre, percibió el corsé de hierro que para el alma es el cuerpo así como la cantidad de energía que este consume, en cambio ahora estaba en posesión de una energía poderosísima e inextinguible. Lo recordaba todo de su vida, todos sus amigos, todas las conversaciones tenidas con ellos, todos los libros, ...
En la otra esquina del mundo de la realidad, su apenada mujer velaba el cuerpo inconsciente, ahora tan inocente y tan libre de pecado, del señor Dimitrescu. Nadie sabía qué había podido pasar: un hombre se acuesta a dormir en plenitud y en uso de todas sus capacidades. Y de repente ya no se levanta más …
Realmente, era ahora en el planeta del destierro, cuando más en plenitud había estado nunca el señor Dimitrescu. Y no cuando vivía la vida de la vulgaridad, el charlataneo y los atracones …
Pasaron así bastantes años. Dimitrescu buscaba su sol interior en el planeta del castigo y estaba a punto de conseguirlo.
Su pobre mujer envejecía junto al cuerpo dormido de Dimitrescu.
“Despierta, ya casi eres de los nuestros”
Era la suave y bella voz de Jesazel.
“Los Cuatro Jueces te conceden su perdón y dejan caer sobre ti todas sus bendiciones”.
“Ya has cumplido tu pena, te han acortado el castigo. Puedes decidir si sigues adelante o si regresas a tu cuerpo, con tu mujer, que tanto se ha preocupado por ti”.
Al recordar a su mujer, Dimitrescu estalló en un llanto inconsolable y le dijo al ángel que quería volver junto a ella.
“Estupendo”, dijo Jesazel, “ya habrá tiempo para lo demás. El Ángel que te trajo aquí te llevará al otro lado, y te dejará en el límite. Sé feliz”
A lo lejos ya se veía la gigantesca sombra del Ángel guerrero volando hacia el señor Dimitrescu.

 

 

 

LA CUEVA DE LOS CUENTOS

V

Menudo revuelo que se organizó en el hospital cuando el señor Dimitrescu abrió los ojos y empezó a hablar como si nada. Fueron a buscar a su mujer que dormitaba melancólicamente abrazada a un icono de la Theotokos. Entró corriendo en la habitación de su propio martirio.
“¿Sabes?”, le dijo el señor Dimitrescu, “no sé dónde he estado, ni qué ha pasado conmigo, ni qué he hecho estos estos años en los que tú valientemente y sin desánimo velabas este despojo, que ahora llevo encima, solo te digo que tengo la impresión de que fue mi maestro un sueño”.

 


TEXTO: Juan Ramón González Ortiz

Ilustraciones:Quintín García Muñoz

 

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