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UN PROFESOR Escrito por Juan Ramón González Ortiz
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Cuento: Un profesor Juan Ramón González Ortiz
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“No estás hablando con un catedrático de universidad,
estás hablando con un asesino”. Confieso que estas palabras
me dejaron congelado, y sin respuesta. Mi profesor me miraba de hito
en hito, curioso y muy divertido, analizando el temblor que se había
iniciado en mis labios, que no encontraban ni sonido ni articulación.
Una
vez incendié varios almiares solo por el placer de sentirme
dueño del destino y la fortuna de una familia menesterosa.
Mi voluntad estaba atrofiada.
Un
buen día trajeron a un mocetón de un pueblo vecino para
que me diera una pública paliza. Te confieso que nunca he sentido
miedo en las peleas y que nunca he perdido una sola. Fuese quien fuese
el adversario. He peleado contra hombres y animales y estoy cubierto
de numerosas cicatrices. Cuando me lanzo al combate, simplemente,
nadie me puede ganar. Como no quería complicaciones, pues bastante
complicada era ya mi situación en aquella pequeña sociedad,
estuve un día completo evitando a aquel justiciero, que no
hacía sino buscarme, jaleado y vitoreado por una cohorte de
chicos que le exigían que les vengara. Finalmente me topé
con él, y con los demás, en la placita trasera del pueblo,
junto a un humilladero de piedra, cubierto de musgo y líquenes.
Cuento: Un profesor, lámina 3 Yo eché a correr, frenético, empavorecido, como si huyendo pudiera evitar la angustia que sentía dentro de mí. No sé el tiempo que estuve corriendo, pudieron ser varias horas o varios días. Tenía la piel y las ropas destrozadas por los espinos del campo. No había cansancio en mi cuerpo, en mi mente la maldad se había evaporado. Finalmente, agotado, vacío, en un paraje intransitable y oculto, desconocido para mí, distinguí a la luz de la luna, un viejo convento. Golpeé la gruesa puerta forrada de roblones de hierro. Al punto de abrirla, caí desvanecido dentro. Los monjes de adentro no preguntaron nada. Pero algo se imaginarían. Ignoro si hubo pesquisas. Nadie fue a preguntar a aquellos ermitaños. A medida que fui conviviendo con los monjes descubrí que también ellos tenían pasado. Uno fue un seductor, otro un ilustre filósofo, o más bien un sofista, como él decía de sí mismo, otro fue falsificador de moneda (como casi todos los seres humanos), …. Me apliqué al estudio con una determinación inimaginable. Me di cuenta de que la única indemnización que podía pagar a la humanidad era entregarme a las meditaciones sobre la vida, llevando una vida mental superior. El aislamiento despejó mi camino y descubrí que se me daba muy bien el latín. Me consagré por completo a él en el monasterio. A los dos años, un monje me acompañó a una ciudad a pasar los exámenes en una institución educativa oficial. Saqué la máxima puntuación. Decididos a ayudarme, los monjes me proveyeron de una mínima pensión y me mandaron a estudiar a la Facultad. De nuevo saqué la máxima nota. Ya no vive ninguno de esos monjes. Les debo todo lo que soy, lo poco que soy”.
Cuento: Un profesor, lámina 4
El
profesor calló y me volvió a mirar, con mucha curiosidad,
directamente a los ojos. Juan Ramón González Ortiz Ilustraciones: Quintín García Muñoz
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