| Fuente de Vida Texto encontrado en un viejo cuaderno
El abuelo de Marco tenía una casita de campo y un pequeño jardín. Era la típica construcción que un albañil había podido construirse en sus domingos libres, después de trabajar duramente en una floreciente empresa de construcción. La casita era muy sencilla, de una planta, con una cocina y tres habitaciones pequeñas. Justo para pasar un fin de semana con sus dos hijos y la pequeña Esmeralda. Como colofón, en el jardín construyó una pequeña fuente en forma de rosa con doce pétalos. Una vez, en su trabajo, escuchó la conversación entre un arquitecto y un aparejador, en la que se decía que el alma de los seres humanos era una bella flor de doce pétalos.
Aquella idea le gustó a Eugenio. Su esposa, Eugenia, era una mujer muy devota, y le dijo que podía ser verdad. Que Dios no abandonaba al ser humano, y que, a través de aquella flor oculta en el corazón de cada persona, destilaba la esencia de la vida. Así, pues, Eugenio construyó una pequeña fuente que tenía tres niveles. Y cada nivel estaba compuesto de tres pétalos. En el nivel más alto terminó la fuente con una minúscula flor de tres pétalos que envolvían una esfera de la que algún día brotaría el agua. Cada día que iban a la casita, Eugenio llenaba con un pozal el nivel superior, y durante un instante, el agua se vertía desde esa plataforma a las inferiores.
Caminaba casi un kilómetro, entre ida y vuelta, con dos cubos de agua que colocaba encima de un carretillo.
Mientras hacía ese trabajo, su corazón estaba alegre. No entendía nada de meditaciones, pero, de alguna forma abstracta, sin ser totalmente consciente de ello, sabía que era su forma de meditar, y que verdaderamente, aquel kilómetro llenaba su interior de bellas imágenes, que le hacían comprender que la alegría se transmitía a su esposa e hijos. Marco vio a su abuelo efectuar la misma tarea durante años, y un día le preguntó por qué trabajaba tanto con la fuente.
Eugenio, con un extraño brillo en los ojos, le dijo: Es como si cada vez que vierto el agua en la fuente, la vida se distribuyese entre todos nosotros. Marco, siempre recordó aquellas palabras, y avanzó un poco más. Comprendió que realmente su abuelo hablaba en sentido figurado. Su vida no le había permitido ir más allá. En su mente no existían conceptos de universos paralelos que podían conectarse entre sí gracias a la imaginación. No comprendía totalmente que con las imágenes se pueden traer energías de otros mundos.
No comprendía el mecanismo, pero ello no impedía que su alma le comunicase la enorme alegría que se expresaba en sus ojos. No sabía de la existencia de aquellos Seres, llamados Nirmanakayas, que captaban el Amor y la Belleza del Corazón del Sol y lo transmitían a la Tierra. No había oído hablar de que existían lagos dorados de Amor, Sabiduría y Voluntad que los Grandes Seres llenaban para que los humanos, a través de su corazón, los vertiesen en los áridos campos de la vida. Y Marco siguió la costumbre de su abuelo, aunque no usaba ni carretillo, ni pozales ni agua, simplemente lo imaginaba.
Texto e ilustraciones: QGM
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