La
“Tetúa”
Los
bajos instintos del ser humano
Juan Ramón González Ortiz

I
Muchas veces me he imaginado qué diría Aliaga cuando llegó
a nuestro pueblo y los paisanos lo vieran descender a él y a su
mujer del destartalado autobús. Tengo por seguro que la muchedumbre
de desgarbados, ociosos, mirones, desocupados y tullidos le preguntarían
el nombre:
“¿Cuál es su gracia?”
Y estoy convencido de que Aliaga respondió con una sola palabra:
“Aliaga”.
¿Para qué más? Ya sabían cómo se llamaba
el nuevo guardés de la finca del señor conde. Aliaga. Eso
era todo.
Su mujer iba tras él, sofocada con la maleta, se diría que
llevaba dentro plomo, mientras Aliaga solo llevaba en sus brazos su vieja
chaqueta de pana marrón oscuro. Nada más.
Llevaba puesto la señora un bonito vestido rojo muy vivo, con el
escote en pico. El párroco la vio resoplando y trastabillándose
con la pesada maleta de cartón, vestida toda ella de rojo sangre,
y dijo:
“Dios del Cielo, si parece el Santo Expoliado”.
Y avanzó hacia ella tendiendo los brazos y haciendo gestos de que
le traspasase la oronda maleta.
Pero Aliaga, consciente de que a sus espaldas pasaba algo, se giró
y vio al bueno de don Rosendo a punto ya de coger voluminoso fardo.
“Pater”, le gritó con una voz terrible y abrasada por
el aguardiente, “deje VD. en paz a mi mujer. Ella es fuerte. Y si
no, que espabile”.
II
La casa de los guardeses era pobre pero aseada. Situada frente a las herbosas
y frescas colinas que miran al Norte, recordaba a un gran faro en cualquier
áspero acantilado sacudido constantemente por la furia mar enloquecido.
Aliaga y su mujer, Dositea, llevaban una vida rutinaria y callada. Una
vida muy simple y automática que anulaba toda posible improvisación.
Había mucho trabajo. No todo era patrullar por los campos y el
monte del señor conde con la escopeta y la chapa de guardés
en el correaje bien lustroso. Un correaje idéntico hubo de vestirlo
cuando fue soldado. Recordaba cómo aquella tarde aciaga estaba
en su puesto de combate, muy cerca de Gandesa. En su pozo de tirador.
Recordaba cómo de repente vio venir a sus compañeros, sí,
a sus propios compañeros. “Por fin, el relevo. Me estoy meando
y no es cosa de hacerlo aquí mismo”.
Aliaga salió de su agujero en la costra de la Tierra.
“Venimos a prenderte, Aliaga, danos las armas y no pasará
nada. Somos veinte. Dentro de quince minutos vas a ser fusilado. Se te
acusa de connivencia con el enemigo y facilitarle nuestras órdenes.
Debido a tu traición no pudimos tomar este sector. Vamos. En marcha.
Hacia el río”.
Aliaga protestó mucho, ya os lo podéis imaginar.
Era el único de todo el Regimiento que tenía dos condecoraciones
al valor, la primera de ellas impuesta por el mismísimo general
Miaja.
Pero un BF109 se cruzó en el camino de todos…. EL avión
retornaba de su misión. Volaba bajo atento a cualquier movimiento
inesperado. De inmediato el piloto supo lo que iba a pasar en breves segundos:
un pelotón de gente armada, un soldado haciendo gestos muy enérgicos….En
la primera esquina de cielo que vio, dio un viraje y se dirigió
contra el grupito de gente. Antes de iniciar e vuelo rasante, las ametralladoras
del BF109 empezaron a escupir fuego. Todos huían como posesos.
Aprovechando la situación, Aliaga corrió hacia un promontorio
sobre las aguas del Ebro. Y se dejó caer. Cosido al líquido
manto de su invisibilidad, el río se lo llevó lejos. Cuando
Aliaga salió del agua no supo dónde estaba. Era un paraje
totalmente desconocido, nuevo y vacío.
“De modo que debo mi vida entera a un aviador extranjero y anónimo.
Bah, mejor hubiera sido morir en la siniestra batalla”, se diría
Aliaga muchas veces a sí mismo posteriormente.

III
Los días y los años pasaban. Aliaga, sin ser un alcohólico,
se había acostumbrado a tomar algunas copitas de aguardiente anisado
después de comer.
Entonces fue cuando apareció La “Tetuda”…..
El fogón de la cocina hacía un ángulo recto y se
prologaba debajo de la soleada ventana principal. Una sobremesa en la
que Aliaga, callado, como siempre, estaba tomando el café y la
copa de aguardiente, pasó por la calle desierta, camino de la parada
de autobús, la única que había, una señora
cercana ya a la sesentena, o bien ya tenía esa edad. Era una mujer
común, caminaba con cierta gracia, y poseía dos enormes
glándulas mamarias…
En cuanto la vio, Aliaga dejó el café y la copita. Miraba
con una fuerza y determinación totalmente animales. Se notaba en
el aire la fortísima energía del deseo brotando en la mente
de Aliaga e inundando su alma. Los puños muy cerrados y apretados
descansaban sobre la mesa, temblando.
A Dositea le ofendió muchísimo la actitud de su marido y
sobre todo su obcecado mutismo:
“¿La Tetúa le guhta a Su Excelencia?”
Por Dios, era ese un cuadro de una violencia tremenda: Aliaga con los
puños resecos, nudosos y cargados de fuerza, y la mujer, enloquecida,
gritando como una demente puesta en jarras en el saloncito de la casa,
“Hijo, ya está el borracho de tu padre mirando a esa mala
mujer”. Porque Dositea muy a menudo hablaba con su hijo, muerto
hace 26 años en un accidente ferroviario. Frecuentemente cuando
limpiaba los callos, o sacudía las alfombras del señor conde,
dejaba escapar a guisa de jaculatoria, “Ay, mi hijo que era más
bello que un San Luis, me lo mataron…” Porque en la mente
enferma y transtornada por la furia y la necesidad de una venganza que
lo igualase todo, el hijo de Dositea y Aliaga fue asesinado y no murió
anónimo y desconocido en un vagón de tren con destino a
Santiago de Compostela, por cierto: buen lugar para morir.
Por eso mismo, la mente de Dositea se había vuelto salvaje, desenfrenada,
y sobre todo, permanentemente enfurecida.
Un día de noviembre, gris y aburrido, estaba junto a la ventana
Aliaga. A las tres en punto pasaba el autobús. La Tetúa
cogía el coche de línea todos los días del año.
Así pues, Aliaga se sentó con su café negro y una
botella de aguardiente de Chinchón. Apareció La Tetúa
y empezó el vaivén de insultos y quejas por parte de Dositea,
pero con una diferencia: esta vez también ella había bebido.
– “Lo que no soporto de ti, borracho, viejo verde, ihoso,
es la atensión que le dah a La Tetúa. Mientrah a mí,
que soy tu mujé…”
Ni una palabra de Aliaga.
Bruscamente, Dositea, cogió con sus manos la botella de Chinchón,
y aullando, lívida y alterada, como si fuera una deidad vengativa,
salió corriendo de casa:
_ “Tetúa, te voy a matá…”..
Detrás corría Aliaga, la artrosis de las rodillas lo mataba.
“Desgrasiada, que te pierdes”.
Los viajeros que aguardaban no entendían nada. Sospechaban que
era una pelea doméstica porque el marido tal vez fuera un poco
borrachín y su mujer le había sustraído la fuente
de los problemas. Hasta La Tetúa inocentemente sonría.
Dositea en su furiosa carrera llegó por fin hasta la parada del
bus. Allí se detuvo en seco, rompió contra la pared de una
casa la botella de aguardiente y con el puntiagudo y espeluznante cascote
que le quedaba, buscó con los ojos a su enemiga. La pobre se había
quedado paralizada. Dositea con una imparable firmeza avanzó hacia
ella y le incrustó el afilado vidrio en la garganta.
“Tetúa, mala mujé, así te den una puñalá”.
Brotó incontenible un caliente chorro de sangre.
IV
Cuando llegó Aliaga ya había pasado todo. Cayó al
suelo como herido de un lanzazo,
“Noooooooooooo…. ¿Por qué no me fusilaron en
la
Guerra?”
La muchedumbre detuvo a Dositea y la llevó hasta el cuartelillo.
Reconstruir el crimen fue facilísimo.
Fue internada en un penal psiquiátrico, en el que murió
dos años más tarde. Dos años más tarde moría
Aliaga.
Todavía resuenan en mis oídos sus últimas enigmáticas
palabras. “¿Pero por qué no me fusilarían
en la Guerra”.
Autor: Juan Ramón González Ortiz
ilustraciones:
Quintín García Muñoz
|