Miguel y la Sombra

Alejandro García Gil

LA CUEVA DE LOS CUENTOS

VÍDEO

 

Miguel salió de casa a una hora en que no debía salir, procurando que no se oyera la puerta. La siesta era una obligación. Sus padres le habían prohibido acercarse al río.
Al tomar el camino que bajaba hacia la arboleda, volvió la cabeza. Desde ahí todavía podía ver su casa entre los árboles. Unos pasos más y dejó de verla. El croar de las ranas le hizo detenerse junto a unos juncos. Detrás había una charca, y en ella unos chicos que se salpicaban y reían. Se quedó mirando hasta que uno reparó en mí y me hizo una seña. "Miguel, ven. Vamos a cruzar."
Miró hacia la otra orilla del río. No parecía tan lejos, si bien es verdad que la rapidez del agua era muy fuerte. Quiso decirles que no sabía nadar, pero ya corrían hacia el río y se lanzó al agua detrás de ellos. No quería que le tildasen de miedica.
Se introdujo temerosamente. Al principio, y casi hasta la otra orilla, pudo vadear el agua andando, con cuidado de no caerse. Pero cuando apenas faltaban cuatro metros para tocar la tierra se hundió.

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El agua, con enorme fuerza le arrastró, y durante unos segundos no tocó el fondo. Entonces sintió con el pie derecho que tocaba las piedras redondas del cauce. Automáticamente presionó el pie y pudo desviarse de la corriente principal, gracias a que el río en aquel lugar hacía una curva, lo que favoreció la salida de Miguel del agua. Y andando de nuevo sobre los cantos rodados, bajo la imponente corriente, se sentó en la orilla. Se quedó un rato allí, tratando de recuperar el aliento. Después pensó en sus padres y en cómo iba a entrar en casa sin que se diesen cuenta. Había una duna al lado del río. Se frotó con su arena, como si así pudiera borrar las señales del baño, y emprendió el regreso cabizbajo. Al llegar, no les contó nada. Había pasado todo el camino temiendo que le preguntasen. Cuando entró en casa, se fue a su cuarto. Contestó con un “bien” a su madre. No llevaba mucho tiempo en casa cuando le recordaron que tenía que ir a la iglesia. Era monaguillo y aquella tarde le tocaba ayudar en misa. Se terminó de cambiar de ropa y volvió a salir. Tenía hambre, pero prefirió no merendar para que su madre no descubriese lo que ocultaba.

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Mientras caminaba, todavía le dolía la garganta al tragar. En la iglesia había que tocar la campana. Los días normales no hacía falta subir hasta el campanario. Bastaba con llegar a un rellano, a mitad de la escalera, donde colgaba la cuerda. Había treinta escalones hasta allí. Abrió la puerta de la escalera y empezó a subir. Estaba oscuro. Apoyó una mano en la pared y fue buscando con el pie el borde de cada peldaño. Conocía aquella subida, la había hecho muchas veces, pero ese día avanzó más despacio. A medida que subía, las voces de la iglesia se iban quedando abajo. Solo escuchaba sus pasos y el roce de la mano contra la pared. Empezó a contar los escalones para saber cuántos le faltaban. Al llegar al treinta, se detuvo. La cuerda colgaba en su sitio.

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Extendió la mano para cogerla y entonces vio una sombra al otro lado del rellano, junto al tramo que seguía hacia las campanas. Retiró la mano. '¿Hay alguien?' Esperó una respuesta, con un pie todavía en el último escalón.

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No alcanzaba a distinguir qué proyectaba aquella sombra. Se quedó mirándola, tocó las seis campanadas que anunciaban el rosario y bajó como alma que lleva el diablo los escalones de dos en dos. La penumbra de la sacristía fue suficiente para iluminarle. Cerró la enorme puerta de madera y acompañó al sacerdote hacia el altar. Seguramente había visto un vampiro, o al mismísimo conde Drácula. Menos mal que terminaba su semana y hasta que comenzase el verano no tendría que subir los treinta escalones en penumbra.

Texto, ilustraciones y vídeo

Alejandro García Gil

 

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