| Plan
Jaén
Juan Ramón González Ortiz

Por fin, tras el Plan Badajoz, llegó un plan para el mejoramiento,
las inversiones, el regadío y la electrificación del campo
en la provincia de Jaén. Fue el llamado Plan Jaén. Aquellas
tierras plenas de hambre y de atraso eran el segundo territorio de España
en la vergonzante cuenta del paro. Menos mal que existía Badajoz,
que aún estaba por delante….
Juanuco era de Caloca, en lo más hermético de la montaña
santanderina. Se había inscrito como colono en aquella desértica
frontera. La verdad, que en su pueblo no había expectativas de
nada. Tan solo sobrevivir al invierno y prepararse para el siguiente.

Juanuco
no veía ninguna belleza en aquellas ásperas montañas,
ni tampoco sentía como elevada la forma de vida terriblemente austera
en que moraban. Diríase que sus vidas eran más parecidas
a las de las mudas bestias, a las cuales Dios forjó con la frente
apuntando al suelo para que no pudiesen hablar… Su mujer, Anuca,
era membruda, seca y vacía de carnes. La dulzura no iba con ella,
antes bien era dura de alma y más dura todavía en sus entrañas.
Ambos eran incapaces de concebir nada grande. Motivo por el cual bien
pronto abandonaron el consuelo de la religión.
Tenían seis hijos tristes, delgaduchos y un poco bobalicones. Cinco
varones y una hembra. Cuando Juanuco los veía reconocía
sus vicios y su degenerada estirpe, que le costó un paseíllo
por el penal de Santoña y un tremendo vapuleo previo en el cuartelillo,
que le dejó el cuerpo desangelado para muchos meses.
Un día entero tardaron en llegar a Unquera, donde paraba el tren
de vía estrecha. Llegaron a Santander y allí tomaron el
tren en tercera clase. Congestionados, aburridos y arrepentidos de haber
emprendido aquella pequeña aventura, llegaron a Atocha. A punto
para hacer el cambio de tren. Filas y filas de otros hombres mudos, bestiales
y temerosos, como ellos, con la muda maleta de cartón, esperaban
algo o a alguien. El terrible capote verde de la Benemérita imponía
silencio y terror.

Por fin llegaron a Jaén, el capataz los fue a buscar a la estación.
Llevaba consigo un automóvil. Se acomodaron como pudieron. Los
chicos iban unos encima de otros como si fueran fardos de ropa vieja o
canales de potro cubiertos de moscas o jamones.
EL perito hablaba, y hablaba,… Les decía que habían
tenido muy buena suerte porque ya había otra familia en el caserón
al que iban, avizorando al mar de cereal que dos hombres solos tendrían
que sacar adelante…
Las dos familias no se gustaron. Se parecían mucho.
Los dos hombres, sin embargo, se apañaron. Estaban todo el día
solos. Aquella extensión de eterna de tierra, sin principio ni
fin, solo la podían navegar subidos al tractor.
Resistir lo era todo, aunque en sus mentes vacías no habían
oído hablar de Roma, aquel grupo de colonos pervivían aferrados
al vértigo de la frontera como si fuera ese el último rompeolas
frente a los dacios o frente a la pestilente Escitia.
Todos los días las mujeres estallaban en pequeños y absurdos
altercados, pero que desmoralizaban a los colonos que aguantaban como
podían la fatiga, el hambre, el odio y sobre todo el aturdimiento
de vivir enloquecidos en las mandíbulas del viento huracanado.
Un día cuando retornaron, Anuca salió llorosa, no aparecía
la chica. La otra familia se alarmó también. Se distribuyeron
por todo el campo.
Fue Juanuco quien la encontró.
Nada más verla supo lo que había pasado.
“¿Quién fue?”
“Sergio”, dijo la niña. Sergio era el hijo mayor de
los tres de la otra familia. Era un chico torvo y malnutrido que enarcaba
las cejas al mirar como si tensase la cuerda de una ballesta.
“Ni una palabra a nadie. Te has caído y te has desmayado”.

Al día siguiente salieron a cazar. Era domingo. Y también,
temporada de caza de perdices y liebres. Tanto Juanuco como su compañero,
siempre ocultaban cuando salían a cazar una bala. La destinaban
a algún jabalí que avistasen por ahí.
Anduvieron y anduvieron y anduvieron, de repente en la zona en sombra
de una colina descubrieron las perdices. El compañero de Juanuco,
que también se llamaba Juan, se lanzó tras las aves. Juanuco
se paró, con firmeza, y montó la bala dentro de la escopeta.
Entonces llamó a gritos al otro:
“EEEEEEhhhh, Juan, ven aquí un momento. Mira esto.”
Juan se detuvo y giró para ver qué quería el otro.
Cuando se fijó en que le estaban apuntando, dijo:
“Reputa”.
Allí quedó, tendido. Cuando lo recogieron lo habían
mordisqueado los cuervos.
Cinco meses más tarde, ejecutaron a Juanuco en el garrote vil.
Su mujer lloraba diciendo: “Era un santo”.
Juan
Ramón González Ortiz
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