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EL SEÑOR TOMÁS Escrito por Juan Ramón González Ortiz
Ilustrado por Quintín García Muñoz (excepto la primera ilustración)
Cuento: El señor Tomás, lámina 1
El
señor Tomás llegó a nuestro pueblo inmediatamente
después de la guerra. Nunca dijo de dónde era, solamente
que venía de más allá de las montañas y
mencionaba lugares y sitios que nunca habíamos oído.
El tiempo le había doblegado definitivamente hacia abajo y su espalda, curvada y vieja, no podría sostener ni el peso de un bulto pequeño. Su piel, seca y escamosa, a veces estaba enrojecida por la falta de higiene pues en la casa en la que moraba no había tubería de agua ni grifo para asearse. Por eso, muy a menudo, olía ácido y avinagrado. Él lo sabía y se sentía avergonzado. Evitaba pasearse por los lugares más públicos y elegía las huertas de las afueras, los campos frescos de flores en verano, los salguerales junto a las aguas limpias y sonrientes de los arroyos que venían de las montañas.
Cuento: El señor Tomás, lámina 2
Cuento: El señor Tomás, lámina 3
Algunas veces le hacían esperar bajo la lluvia, o, desde una ventana, le lanzaban las monedas al suelo para que se arrodillase a buscarlas (siempre se le perdía alguna), o, simplemente, le insultaban llamándole vago, apalancado, camastrón y pancista.
Después de comer tomó el último encargo: las botas de los señores. Ya había acabado con todo lo demás. Se levantó para coger el bote de betún que reservaba para estos trabajos y, aterrorizado, vio …. que estaba vacío. Que le hubieran golpeado en la cabeza con un martillo o que le hubiesen vaciado de sangre el cuerpo no le habría dejado tan anonadado. Sin saber qué hacer salió a la calle. Eran las dos de la tarde.
La tienda del pueblo estaba cerrada, el tendero no le abriría de ninguna manera, y menos en domingo, además él no recordaba haber visto betún ahí. Las cremas y ungüentos los compraba en la capital, cuando iba dos o tres veces al año. Cayó de rodillas en la calle desierta y levantó los brazos al cielo pidiéndole ayuda a Dios.
Parecía un Cristo muy viejo y torturado. Resbaló junto a unos helechos. En la fuente de La Cimera, paró para beber. No había agua. Una pareja de enamorados que se ocultaba tras unas retamas le tiró piedras.
Cuento: El señor Tomás, lámina 4
El camionero le llevó a la estación de trenes. Pero los limpiabotas no quisieron venderle crema. Decían que solo tenían para ellos. Se juntaron a hablar y le anunciaron que le venderían un tarro pero a diez veces su valor. Al oír eso, el señor Tomás casi se desvaneció. Ocultando las lágrimas les entregó todo el dinero que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta.
Cuando se marchaba, uno de los embetunadores le pidió también el sombrero ¡El viejo sombrero de franela verde! Tomás protestó, sabía que ahora solo querían humillarle.
El otro riendo le arrebató el sombrero diciendo que por fin tendría ahora un sitio para meter los trapos.
El bote de betún le había salido tan caro que no cubriría el gasto con las botas de los señores. Pero le daba igual.
Tenía que cumplir el encargo. Empezaba a hacer frío y a caer la tarde. Ningún coche, ningún camión en la carretera. Le dolían los riñones lo indecible.
El mundo le parecía un lugar siniestro, lleno de sadismo y barbarie. Lloraba por dentro.
Cuando llegó a su casa ya era de noche.
Nadie se había acostado todavía pues había luz en todas las ventanas. Todos cenaban. Él se encontraba agotado, dolorido, embotado, con el alma a oscuras.
Se sentó junto a la helada estufa y tomó el trapo, el cepillo y el tarro de betún …
Cuento: El señor Tomás, lámina 6 Finalmente
los zapatos le quedaron relucientes, brillaban como si estuviesen hechos
en metal. Aún no era muy tarde, envolvió los zapatos en
papel de periódico y salió a entregárselos a sus
dueños. Subió, como un sueño de sombras, casi a
rastras, por la calle desierta. Llamó a la puerta. Dentro olía
de forma deliciosa, a perdiz, a pan caliente, a comida. El señor,
en batín, abrió la puerta. Tomás, intentando sonreír,
alargó los brazos, como ofreciéndose él juntamente
con las botas.
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