Viaje al Arco-Iris

Jason Doyle


Jason solía pasear por los campos llenos de olivos y viñedos de California. Tomaba su báculo, hecho de una rama recta de un secuoya muy antiguo y que había heredado de un anciano monje tibetano que se había exiliado a aquellas tierras tan lejanas de su amado Tíbet. Al principio pensaba que le serviría de defensa ante los perros sueltos que sus amos irresponsables no ataban, pero pronto se dio cuenta que un can era tan rápido que poco podría haber hecho de encontrarse con un fiero pitbull, por ejemplo.

Con el tiempo se dio cuenta de que lo más importante del báculo era que le sostenía en su cansado paso por los soleados campos.

la cueva de los cuentos

Después de unos minutos, en los que había disfrutado del paisaje, del viento, de la luz y del cielo azul, su pasos le llevaban muy cerca del monte Anapurna. Allí no había tantos diletantes como en el Everest, se decía.

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La nieve blanca no se inmutaba por sus pisadas, y a los pocos segundos cubría de nuevo sus huellas.

Al fondo, junto a un bosque, había una casa de madera. Cruzaba un pequeño puente, también de madera, y llegaba a la puerta de marfil. Ésta estaba labrada con figuras muy antiguas, tanto que realmente no se sabía su afinidad artística.

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Esperaba unos segundos, y la puerta se abría ligeramente. Una penumbra agradable daba paso a un pasillo, al final del cual resplandecía una luz azul y blanca. Era uno de los maestros más conocidos. Le saludaba desde lejos con una reverencia, no quería hacerle perder ni un segundo, seguro que estaba entrenando a iniciados de mucho mayor rango que él, que apenas llegaba al segundo peldaño de tan enorme escalera.

Más tiempo dedicaba a un incipiente y futuro maestro que estaba entre el tercer y cuarto peldaño. A él le daba un apretón de manos cariñosamente. No hacía mucho tiempo que había pasado al otro lado del río de la vida.

Después recitaba unas cortas frases en un pequeño altar dedicado a Cristo.

Él era Quien algún día le confirmaría el trabajo realizado para ascender el segundo peldaño.

 

Después continuaba por un pasillo ciertamente oscuro. En una determinada habitación dejaba unas flores, tal vez para su alma. Y continuaba su firme andar.

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Allí se extendía un arco-iris recto hacia el cielo.

 

Antes de llegar al final del mismo, había un círculo de fuego. Giraba vertiginosamente, y lo que era más peligroso: el fuego arrastraba enormes peñascos rusientes, que dificultaban el paso de aquellos viajeros que no se habían preparado suficientemente.

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En más de una ocasión, Jason había recibido impactos, que le despertaban de su estado de ensoñación.

Además, aquel fuego iba quemando sus vestidos, sus cuerpos más externos, hasta que se convertía en un ser transparente.

En ese momento las piedras de fuego ya no le hacía nada, y podía continuar su paseo.

El arco iris terminaba en un vestíbulo oscuro, por donde debía caminar a tientas con su báculo, hasta tocar con el mismo una pared granítica.

Entonces, el muro se hacía transparente y en el centro aparecía un bello diamante que flotaba en mitad de la sala.

Allí se arrodillaba, y con su báculo tocaba su corazón y el diamante.

A veces, no siempre, el diamante le devolvía un haz de luz que entraba en su frente y en su corazón.

En ocasiones no le daba tiempo a descender por el arco iris.

Simplemente se encontraba en los viñedos y los olivares de su amada California.

Cansado, pero feliz regresaba a su pequeña y humilde casita, donde su amada esposa le preguntaba

-¿Qué tal el paseo?

-Los olivos ya han dejado de estar en flor, le contestaba. ¡Cómo le iba a decir que había estado ascendiendo el Anapurna!

 

Ilustraciones y Texto

Jason Doyle

 

 

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