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ETÉREA
IV Scott, Walter era el cuarto de a bordo. Hijo de John , tenaz y humilde científico, y de Ann , escritora, poco conocida, de novelas románticas, quien deseó completar el apellido con el nombre del creador de Ivanhoe y Quintín Durward. Había heredado de sus padres dos dones muy raros de compaginar. De su padre la tenacidad en el estudio, el eterno afán por descubrir los misterios del universo, y grandes dosis de deducción lógica. De su madre Ann, el amor a la vida, una absoluta e inquebrantable fe en la raza humana, y el raro don de videncia.
Era un tanto peculiar y aparentemente excéntrico en algunos aspectos. Era debido a que vivía en dos, tres y hasta cuatro mundos diferentes. Ello le llevaba a parecer ausente en este mundo durante algunos breves o incluso largos periodos de tiempo. Sus compañeros podían utilizar los visores etéricos, pero eran muy tediosos y preferían permanecer en su propio mundo, y así debía ser. La nave Voyager I, siempre necesitaba su supervisión y mantenimiento.
-Sí, creo que he dormido más de veinte horas seguidas. -Exactamente, veintiuna horas y dos minutos-confirmó Kay. -Ha sido muy reparador. -Te podemos
ofrecer un zumo de naranja... pero sin gotitas... -Casi prefiero un café. -Yo te lo hago, Scott-se ofreció gentilmente Duncan. -Te lo agradezco Duncan, creo que todavía tardaré unas horas en despertarme del todo. -Siempre es un misterio contemplar cómo permaneces veinte horas en la cama-dijo Kay. -Sí, ya sabéis que soy un poco raro. -Cuéntanos, Scott. ¿Dónde has estado esta noche? -Creo que he viajado con los visitantes a Khul. -Dios. -¡Qué raro se hace todo esto! -Aunque nosotros viajamos extraordinariamente rápidos, los desplazamientos de ciertas partes de nuestros cuerpos pueden llegar a velocidades similares a la luz. Con lo que para ellos, es fácil ir y volver a su mundo.
-Se hace raro. -Ya. Pero es así. -Bueno... tendremos que acostumbrarnos a saber que siempre somos observados. Scott sonrió. -No me hace gracia-siguió protestando Duncan. -No debes
preocuparte, ellos respetan tu intimidad. Incluso -Gracias-Scott, ya me siento más tranquilo-siguió refunfuñando Duncan, mientras le dejaba el café sobre la mesa. -¿Cómo ves el tema, Scott? ¿Crees que podremos atravesar el cinturón de Kuiper-preguntó Jason. -En teoría
no debe haber ningún problema. El Voyager 14 lo atraviesa sin ningún
problema. Y después del cinturón, los flujos etéricos
y de rayos cósmiscos siguen hasta la Tierra. -No sé. Imagino que es parecido a cuando los humanos nos sumergimos en el agua. Podemos entrar, pero la presión no nos deja sumergirnos hacia el fondo, si no es con vehículos submarinos. -Ya-dijo Duncan. -En teoría, la Voyager 14 será capaz de esbilizar la cantidad de partículas etéricas y que sea un ambiente propicio para ellos. Las pruebas han sido satisfactorias, pero nuestro viaje será el primero que las confirme. -Y... ¿si no funciona correctamente el estabilizador de partículas?-siguió preguntando Duncan. -Tienen 24 horas, como mucho 36 para regresar a Khul. -¿Tan poco? -Bueno, para ellos es mucho. Date cuenta de que en ese tiempo casi podrían cruzar el Sistema Solar. -Entonces no hay problema-dijo aliviado Duncan. -En buena lógica no... Pero...nadie sabe las consecuencias reales, porque tal vez el modelo supuesto no coincida con la realidad. -Esperemos que todo vaya bien-dijo Jason. -Son unos valientes-añadió Kay. -Sí, ya lo creo-apostilló Jason. -Se están jugando la vida-completó Duncan. -Ahora están los doce observándonos-les indicó Scott. -Entonces...transmíteles nuestra admiración por su valor-formuló la frase Kay. Scott, miró hacia el vacío aparente. Allí estaba el más respetado de los khulianos. Scott, se quedó en silencio unos segundos. -Gracias-es su respuesta. Los tres
se colocaron los visores etéricos. Como siempre se asustaron. No
era fácil acostumbrarse a doce figuras enormes de tres metros y
medio de altura, aproximadamente.
Autor: Quintín García Muñoz
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